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EL LUGAR DEL CUERPO EN LA TERAPÉUTICA DE LA IMAGINACIÓN MATERIAL Y Dinámica*

Lic. Susana Rotbard

          Es evidente que el simbolismo en su riqueza supera por mucho al pobre sector de lo reprimido y no se reduce a los objetos vueltos tabúes a través de la censura. J. Piaget.

          La extensión de las disciplinas psi al tratamiento de las patología orgánica, amplió la investigación del cuerpo libidinal para explorar otra dimensión anterior a los niveles simbólicos de la sexualidad infantil.

          Algunas patologías (orgánicas, funcionales, etc.) y ciertos trastornos (anorexia, bulimia, y algunas depresiones) que comprometen al cuerpo en su doble pertenencia a lo real y a lo imaginario, plantean la necesidad de un abordaje de la identidad que tome en cuenta el funcionamiento global del sujeto. Éste incluye el funcionamiento inmunológico. En efecto, la vida de relación interviene en la constitución del sistema inmunológico. Éste se completa mucho después del nacimiento. La memoria celular sensible a la distinción entre el sí y el no sí es un indicador de las raíces relacionales de la identidad biológica.

          La ampliación de las perspectivas teóricas en psicosomática promueve la investigación de nuevas terapéuticas que posibilitan la modificación del funcionamiento psico-biológico del sujeto.

          La terapéutica que investigué y empleo desde quince años se basa en un abordaje de la identidad que incluye aspectos de su organización (constitución del espacio y del tiempo) que si bien se originan en una matriz vincular (la relación con la madre) exceden los límites del cuerpo erógeno.

          Los aportes teóricos del profesor Sami-Ali y del psicosomatista Rof Carballo a la investigación de lo somático contribuyeron en enriquecer mi posibilidad de pensar y abordar lo somático.

          Lo imaginario en su raíz relacional, corporal y afectiva, es el núcleo de la subjetividad y determina positiva o negativamente todo el funcionamiento psicosomático. Positivamente porque cuanto mayor sea la riqueza proyectiva de un sujeto mejor va a poder enfrentar las situaciones de la vida que puedan alterar su equilibrio bio-psíquico. Negativamente porque la represión de la función de lo imaginario (represión sin ninguna falla) modifica el funcionamiento global de un sujeto produciendo una ruptura de la continuidad entre el sueño y la vigilia (el olvido de los sueños). Esta represión se extiende a los equivalentes del sueño, a saber: la fantasía, el juego, la creatividad, la transferencia, etc. En estos casos hay una supresión de la subjetividad: el sujeto funciona según un estereotipo, y el cuerpo actúa en el plano de la necesidad. Se suprime el placer no dejando lugar al deseo.

          La pérdida de la riqueza proyectiva, dificulta la transformación del displacer en placer (se vive en un estado de tensión e insatisfacción permanente) y altera el equilibrio somato-psíquico.

          Una de las condiciones para restablecerlo, es lograr que la represión lograda, fracase liberando lo imaginario. La Terapéutica de la Imaginación Material y Dinámica apunta a: 1) La ampliación de lo imaginario; 2) La restitución de un equilibrio al funcionamiento global del sujeto; 3) Descubrir y analizar los conflictos o situaciones sin salida pasados o actuales desencadenantes de la alteración del funcionamiento psicosomático; 4) El análisis de contenidos reprimidos descubiertos en el discurso asociativo y en los sueños, cuando ya se produjo una ampliación de la función imaginaria.

          La terapéutica se basa fundamentalmente en la puesta en impulsar y desencadenar la imaginación material y dinámica. Denomino imaginación material-dinámica a la función de ensoñación de la conciencia en un estado que conserva todavía los soportes materiales que se encuentran en el origen de la representación. Uno de los soportes de la representación son los esquemas operacionales, en la medida en que el objeto en la imagen es la resultante de acciones combinadas que se ejercen sobre él. Las imágenes de los objetos toman la forma de lo vivido corporal; y en tanto esta vivencia está impregnada de afecto, éste también modela al objeto.

          La metodología de trabajo consiste en ofrecer al paciente un espacio físico-temporal (taller) en el que el paciente realiza un trabajo libre con diferentes materiales (arcilla, cartón, papel de diferentes texturas, lana, flores secas, algodón, arena, piedras, madera, alambre, etc.).

          Durante la sesión inmediatamente posterior a la realización del trabajo, paciente y terapeuta investigan el proceso de creación. Esta vez el paciente se ubicará como espectador.

          La producción plástica recrea objetos, un espacio y un tiempo que son la proyección de la imagen del cuerpo y de la representación del mundo correspondientes a diferentes momentos evolutivos.

          A su vez, las imágenes emergentes actualizan vivencias de cada estado regresivo (1). La imagen está íntimamente ligada a la sinestesia (correspondencia entre las percepciones de los diferentes sentidos), también llamada “memoria afectiva”.

          Este abordaje produce una regresión “controlada” que permite actualizar en el vínculo terapéutico, recuerdos cargados de emoción. La regresión controlada posibilita el acceso a contradicciones del sujeto y de la realidad vivida que nunca antes pudieron ser pensadas.

          Conjuntamente con el surgimiento de imágenes mentales, se hacen conscientes modalidades de funcionamiento intra et inter - personales.

          El paciente – sujeto, observador e intérprete de su creación – adquiere una posición activa con respecto a los conflictos antes insolubles.

          En el “hacer” se estimula una espontaneidad sensorio-motriz – con un cierto carácter automático – que escapa a la consciencia. La consigna es que no exista un a - priori en la elección de los materiales ni en la construcción.

          La creación pone de relieve el espacio de la percepción en beneficio de la sensorialidad a través de la selección de materiales, que tienen ciertos caracteres sensibles. Este espacio se integra al de la fantasía.

          El terapeuta interviene estimulando al paciente (a través de las formas, imágenes y diferentes componentes estéticos) a descubrir-producir signos, analogías, similitudes e isomorfismos que evocan emociones, imágenes gestos cuya significación vivencial no es fácilmente transponible al código verbal.

          Terapeuta y paciente realizan un trabajo de relación entre dos espacios: el espacio de la percepción (espacio de tres dimensiones) y el de la fantasía (espacio de dos dimensiones - de inclusiones recíprocas -(2)). Simultáneamente, establecen una relación entre dos estados: el estado presente y la historia del paciente. Finalmente, terapeuta y paciente se asocian en la función de ordenadores simbólicos; entendiendo por producción simbólica la objetivación de un complejo psíquico que integra aspectos de la representación de la realidad y de sí mismo conservando el contenido vivencial-emocional.

          Lo T.I.M.D no es arte-terapia, ya que trabaja sobre las restricciones proyectivas del sujeto que inciden en el funcionamiento global de la personalidad (problemas de espacialidad y temporalidad, inherentes a la estructuración del espacio corporal y a la modulación de los ritmos biológicos.

          Este trabajo permite realizar un análisis del espacio, del tiempo y de los objetos proyectados, por parte del paciente, que desemboca invariablemente en la vivencia de su posición como sujeto inmanente a la imagen del cuerpo, imagen no solamente visual sino también táctil y kinestésica. Esta nueva metodología aporta un análisis fenomenológico de producciones no verbales que permite ampliar enormemente el trabajo terapéutico.

          La producción tiene un valor de representación similar al de las imágenes que aparecen en los sueños. Estas imágenes se ubican en la “prolongación de las percepciones corporales” que Sami-Ali denominó “objetos imágenes del cuerpo”. Estos condensan y reproducen en un nivel intermedio entre lo abstracto y lo concreto, un conjunto complejo de gestos correlativos a la posición subjetiva del cuerpo en relación.

          La experiencia vivida, a diferencia de la soñada, presenta cualidades que son la transposición en lo formal – a través de la imaginación – de sensaciones táctiles, sinestésicas, visuales y a veces gustativas o auditivas, con un fuerte componente emocional.

          La proyección del espacio corporal en toda la diversidad de sus componentes sensoriales y kinestésicos, llega así a diferentes imágenes del cuerpo según la represión del paciente.

          Por otra parte, este trabajo produce una modificación de la relación sueño – vigilia. Los pacientes logran restablecer la continuidad entre la vida onírica y la vigilia restableciendo así el equilibrio psicosomático perdido.

          Además, la imaginación material y dinámica posibilita una vivencia mnemónica. Ésta facilita la liberación del afecto, y puede funcionar como mediadora en el pasaje a la significación.

          En la sucesión de trabajos proyectivos se consigue hacer coexistir lo banal con lo imaginario; coexistencia en la que éste último ganará constantemente terreno, a través de la emergencia de emociones y de sueños antes olvidados.

          Con esta terapéutica, el discurso verbal se enriquece con la inclusión de códigos no verbales, lo que permite la reducción de los tiempos del tratamiento.

          En lo que respecta al funcionamiento psicosomático de los pacientes, esta nueva metodología modifica transtornos funcionales y permite la remisión de enfermedades orgánicas y patologías que se originan en conflictos severos de identidad (anorexia, bulimia y algunas depresiones originadas en vivencias de pérdida de aspectos de la propia identidad.

          Caso clínico:

          C. (38 Años) fue una hija no deseada. Después de múltiples abortos, su madre se sintió obligada a tenerla . C. se educó en un internado de monjas.

          Cuando consultó, derivada por su médico, por enfermedades reiteradas, estaba convencida de que su vida había sido maravillosa por la situación social y económica de su familia.

          C. presentaba una “fachada” de normalidad acorde con una modalidad “adaptativa”. Los períodos de “normalidad” coincidían con la aparición de enfermedades.

          Después de varios meses de tratamiento, descubrí que ocultaba un alcoholismo que correspondía a un estado hipomaníaco reactivo a una depresión de larga data.

          En los períodos de su vida en que no enfermaba orgánicamente, padecía crisis de pánico con un fuerte componente paranoide que se organizaba de forma delirante.

          Sus enfermedades la llevaron en reiteradas ocasiones a estar entre la vida y la muerte. Desde muy pequeña había padecido de alergia. Su disposición alérgica había transmutado en diferentes patologías orgánicas. En la actualidad, le habían diagnosticado un tumor en el útero.

          Un rasgo de carácter de la paciente era el tratamiento brutal que tenía para consigo misma.

          En la terapia pudo reconstruir escenas de violencia en las que era agredida por sus padres. La hostilidad de su madre no tenía pudor. C. odiaba a su madre, pero simultáneamente actuaba consigo misma como su madre con ella.

          Sus accidentes recurrentes, su posición de víctima o de victimaria en las relaciones amorosas, denunciaban una posición identificatoria con una madre invasora y al mismo tiempo brutal y expulsiva. Su extrema hostilidad y confusión en ese vínculo, determinaron la vivencia de un cuerpo ora fragmentado, ora aglutinado.

          Su cuerpo era el cuerpo de su madre y la hostilidad hacia ésta la actuaba insensiblemente contra sí misma.

          En la terapia la paciente reconstruyó el recuerdo del trato enloquecedor que tenían sus padres para con ella: mensajes sin coherencia ni sentido, transmitidos como certezas, conductas contradictorias, la prohibición implícita de denunciarlas y la obligación de comprender lo incomprensible.

          En tratamiento alternaban dos fases de funcionamiento: 1) momentos en los que aparecía la fachada de normalidad, un funcionamiento adaptativo, sin angustia y sin conflictos. No recordaba los sueños. Tenía manifestaciones alérgicas, gastritis o aumento de la tensión arterial. 2) Cuando remitían los síntomas orgánicos, aparecían estados de manía, con un recrudecimiento del alcoholismo, e ideas delirantes. Recordaba los sueños, relatándolos como si hubieran acontecido en la realidad.

          En estas fases podemos reconocer la correlación negativa entre la patología orgánica y la actividad proyectiva. En efecto, las manifestaciones alérgicas o el aumento de la tensión arterial desaparecían en los momentos en los que aparecía un funcionamiento psicótico (riqueza imaginaria).

          Pocos meses después de iniciado el tratamiento, la paciente queda embarazada. Los médicos le aconsejaron abortar para no poner en riesgo su vida.

          En la reanudación del tema del nacimiento la paciente desplegaba la problemática de la alergia: la falta de una identidad propia (su existencia como doble de su madre) la colocaba en una posición subjetiva de hija no nacida (producto del profundo rechazo y desconsideración materna). En el vínculo terapéutico se recreaba la necesidad de una madre que la deseara con vida. Ella debía elegir que su bebé viviera, de la misma manera que esperaba que yo la reconozca y me consagre auténticamente a ella. Pero en la decisión de tener un hijo, peligraba su vida, así como peligraba su tratamiento en sus amenazas de interrumpirlo.

          Su embarazo era el signo en el cuerpo real de una situación sin salida vincular.

          En los estados de desorganización psicótica, la paciente funcionaba como doble de su madre, y como ella, superaba las contradicciones, reduciendo lo contradictorio a lo idéntico; el embarazo podía ser una enfermedad, y la enfermedad, un embarazo, el tumor lo equiparaba a un bebé y el nacimiento a la muerte.

          En la transferencia, mis intervenciones tomaban la forma de contradicciones que la paciente se negaba a escuchar. Sus reacciones de estupor evidenciaban las ansiedades persecutorias en el vínculo transferencial.

          En su pensamiento delirante, la terapeuta era alguien que podía matar o salvar a ella o a su hijo.

          En un trabajo la paciente modeló con arcilla, distintas partes separadas entre sí: un cuerpo de mujer con una falda hasta el piso, sin pies. A sus alrededores ubicó un pie enyesado, una máscara y una cabeza agujereada en el interior.

          El espacio imaginario proyectado y percibido, se constituyó como imagen desdoblada de sí prolongando las líneas de fuerza de la vivencia de su cuerpo fragmentado.

          La equiparación de partes del cuerpo con el cuerpo entero corresponde a un sistema de relaciones propio del espacio imaginario (espacio de inclusiones recíprocas), espacio de los sueños, el delirio o la creación.

          C. proyectó por la vía de la imaginación material-dinámica, su posición de sujeto en relación (ella víctima de la violencia ejercida primero por sus padres y luego contra sí misma) y el correlato corporal de esta posición subjetiva. (cuerpo fragmentado).

          Sami-Ali en su libro “Sueño y afecto, una teoría de lo somático” explica cómo el surgimiento del afecto marca la súbita transformación de la experiencia del mundo; el afecto se constituye en la prolongación del cuerpo propio y puede aparecer en la creación de una forma espacio-temporal que no es necesariamente verbal. Luego define el afecto en función del objeto, y distingue la estructura del objeto en diferentes patologías. En lo que respecta a la paranoia, dice que ésta procede planteando la identidad del todo y las partes y dividiendo al objeto en partes que son al mismo tiempo el todo del objeto.

          El aspecto formal del trabajo creativo puso en evidencia este modo de funcionamiento psíquico característico de los momentos de su desorganización psicótica.

          La figura femenina del trabajo la asoció con una monja de su infancia que “en lugar de hijos tuvo un cáncer”. Es un objeto, proyección de sí como doble de una madre que no es madre. La máscara y la cabeza hueca las asoció con la impostura, la frivolidad y las ideas locas de su madre.

          La máscara es un objeto-imagen del cuerpo que condensa su posición subjetiva inauténtica y al mismo tiempo, la equiparación de su rostro con el de sus padres.

          La imaginación material (forma, color, y textura de la arcilla) y dinámica (gestualidad proyectada en la manipulación del material), libera progresivamente la proyección, actualiza vivencias corporales y posibilita la emergencia de recuerdos. C. recuerda haber tenido dos fracturas: una luego del nacimiento de su primer hijo, y otra en su niñez, que conectó con el descuido de sus padres. Ambos sucesos historizan la situación sin salida de la relación con su madre.

          Recuperó el recuerdo de un sueño: “Yo iba conduciendo el auto y no podía apoyar el pie, no podía hacer los cambios, pero conducía todo con el mismo pie, el embriague, el acelerador y los cambios”. “Me acordé que cuando mi padre me vio conducir quería que conduciese perfecto. Todo el esfuerzo que hacía para ser perfecta me sirvió para tener accidentes”.

          La exigencia que descubre en el recuerdo encubre ideas y conductas locas de su madre-padre-terapeuta (la cabeza hueca del modelado) que pueden poner en riesgo su vida (accidentes, aborto).

          Continúa el sueño: “Me iba para un costado del camino y para el otro. Al lado mío estaba mi esposo, y manejaba más cautamente porque estaba él”. En esta imagen, se esboza la posibilidad de cuidarse en una relación con alguien (terapeuta) que la acompañe diferentemente.

          En el trabajo que realizó con la T.I.M.D, proyectó en un espacio imaginario, la contradicción propia de su pensamiento delirante; expresión de su elaboración psicótica de la situación de atolladero que la había enfermado.
Por la vía de una expresividad espontánea que escapa a la conciencia se manifiesta lo impensable de la contradicción (nacimiento, muerte, tumor y embarazo; equiparación del cuerpo y sus partes).

          En esta creación, la proyección de la gestualidad, la percepción y la imaginación construyen una escena plástico – gestual – narrativa que en lo latente remite a situaciones vinculares de antaño. La proyección funda una identificación de la palabra con la cosa, para producir y descubrir un sentido por la vía de las asociaciones discursivas.

          Lo emocional también se proyecta en un espacio sensorial, perceptivo e imaginativo.

          De esta manera, la paciente pudo acceder en múltiples planos (perceptual, imaginativo, simbólico y vincular) a la diferenciación de lo que antes concebía como idéntico.

          Uno de los logros de esta fase del tratamiento fue que la paciente pudo tener su hijo sin perder su vida, lo que significó también descubrir en la terapeuta alguien diferente a sus padres y la esperanza de encontrar su propia identidad. Dando a luz, ella volvía a ser madre, pero también hija.


 

* Artículo publicado en Actualidad Psicológica. Mayo 1999. El Cuerpo en la Clínica.

(1) « Las formas primivas del espacio y del objeto, al mismo tiempo que dan nacimiento a estructuras orientadas hacia lo real, permanecen intactas en el inconsciente ». Sami-Ali. « El espacio imaginario », Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1976.

(2) Inclusiones recíprocas: a incluye b que incluye a. Esto significa en el adentro iguala el afuera, lo pequeño iguala a lo grande, la parte iguala al todo. Esta relación de inclusiones recíprocas constituye la paradoja en donde, en el plano del pensamiento, dos preposiciones contradictoras, en lugar de excluirse mutuamente, se incluyen la una a la otra. De esta manera, la paranoia absorbe la contradicción relacional que es el signo del atolladero. Ver Sami-Ali, “Pensar lo Somático”, capítulo 3.1 Hipocondría – Paranoia. Paidós 1994.

 

 

 

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Actualizada el 28 Noviembre, 2004 21:49

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